Escritor bueno, escritor malo: ¿quién teme a la ortografía feroz?

Escribir, escribimos todos. Con tecnología o sin ella, en una pantalla o en un trozo de papel. Hasta en la palma de la mano, si se tercia. A los cinco o seis años nos enseñan las letras y cómo juntarlas para formar palabras. A partir de los ocho ya empiezan a restarnos algún punto en los exámenes si cometemos alguna falta de ortografía. En la universidad tienden a no pasar ni una y directamente nos suspenden si el docto texto está infectado por el virus de la errata. ¿Tanto afán por el rigor ortográfico en la etapa de estudios nos ha formado como buenos escritores o al menos como escritores, a secas? Ni mucho menos. Y es más, ¿escribir sin tacha ortográfica te da el pasaporte al mundo del buen escritor? Tampoco. Hablemos de eso.

No me voy a centrar en la frustración de un sistema educativo que empeñado en el rigor de las formas ni siquiera consigue que se acaten (el virus de la errata es más bien una pandemia), y ni mucho menos arroja al mundo “buenos escritores”. Voy a intentar imaginar la esencia que distingue al escritor bueno del escritor malo.

Estás haciendo cualquier cosa y de repente un texto te llama la atención. Puede ser una novela, un relato, una poesía o un mensaje de amor por whatsapp. Lo que has leído te toca la fibra. La novela o el relato quieres continuarlos hasta el final, memorizas la poesía, y al remitente del mensaje le abres tu corazón. A este último, ¿le darías el bote o pensarías que lo escrito es una basura por un acento que está donde no tenía que estar? Si la respuesta es no, sigue leyendo.

Escribir como escritor. Menudo juego de palabras. Para escribir como escritor hacen falta al menos tres ingredientes: tener algo que contar, contarlo según las reglas de tu sistema lingüístico, y manejar con pericia la estructura intrínseca de los distintos géneros literarios (no es lo mismo escribir una novela, un cuento, una obra de teatro, o poesía, cada género tiene sus reglas).

En excesivas ocasiones el énfasis en tachar a alguien de mal escritor recae en su corrección ortográfica o gramatical, y sin embargo no es más que una pata de nuestro trípode. ¿Por qué? Porque es más fácil ver un fallo evidente (la errata), que otro más subjetivo (¿me interesa lo que está contando?), y otro mucho más difícil de adivinar (que levante la mano quien esté seguro de saber con profundidad las reglas que deben cumplir los géneros literarios. Vale, hay algunas manos levantadas, pero aun así el aire corre libre sobre nuestras cabezas).

Comparemos el acto de escribir con el de hacer música. Hay músicos que tocan de oído y no por eso dejan de ser buenos músicos, pueden ser geniales incluso. Si algunos pensamos que lo importante de la música no son las partituras, sino los sonidos y la forma en que se juntan y mezclan; por la misma razón creemos que lo importante de un texto no es la ortografía, sino las palabras y cómo se enlazan unas con otras para contar una historia o sugerir un sentimiento. Cuando el músico precisa transmitir a los demás lo que su imaginación, manos o garganta ejecutan, necesita una partitura. Sin duda crecerá como músico si los sonidos en su cabeza, tan complejos, tan analógicos, es capaz de imaginarlos como corcheas y semicorcheas, tan concretas, tan digitales, tan fácilmente accesibles al resto del mundo que conozca el lenguaje de la música (que levante la mano el que sepa… vamos a dejarlo).

Entendámonos, escribir con corrección ortográfica es algo que todo buen escritor debe hacer, que no es lo mismo que decir que debe saber. Un escritor no tiene por qué ser un lingüista, pero sin duda, conocer en profundidad todas las posibilidades que le ofrece la herramienta del lenguaje le hará crecer como escritor. Comparto la opinión de García Marquez cuando dijo aquello de “el deber de los escritores no es conservar el lenguaje sino abrirle camino en la historia. Los gramáticos revientan de ira con nuestros desatinos pero los del siglo siguiente los recogen como genialidades de la lengua”, saliendo al paso de las críticas recibidas tras su famoso texto “Botella al mar para el dios de las palabras” que ponía en solfa la ortodoxia en la ortografía y la gramática, pronunciado en el Congreso de la Lengua Española celebrado en México en 1997.

El propio Marquez reconoce que escribir bien y con corrección lo aprendió después de mucho leer a los buenos escritores, de todos los tiempos. Y esto, es a la vez un alivio y un tormento. Para ser un escritor “de los grandes” tal vez no haya que estudiar las reglas de la gramática y la ortografía, pero hay que leer a chorros, sin descanso, rellenando todos los huecos que la atropellada vida nos deje. Pero leer a los grandes, no vale cualquier best seller. ¿Fácil, no? (Más de algún aspirante a escritor ya habrá salido corriendo… ).

Poco voy a mencionar –ahora, tal vez más adelante– que la Ortografía, con mayúsculas, cambia. La de ahora es de 2010, y creo que no me pillo los dedos si digo que pocos conocen sus novedades, y muchos que sí las saben no las quieren cumplir. (Es que jode, con lo que nos había costado malsaber la de antes).

Pero llego al acto final, a punto de bajarse el telón, al filo del desenlace, la penúltima rima, quién es el asesino ya está en boca de todos los correveidile de este mundo, el buen escritor acaba su obra. Su manuscrito (o teclascrito) se va a convertir en libro. En papel o digital, lo mismo da, su creación se va a dar conocer al mundo hasta el final de los tiempos, o hasta que necesitemos papel para encender la barbacoa. Ahí, en ese momento, es imperdonable que un lector encuentre una falta de ortografía. Al buen escritor, a pesar de su buen oficio y empeño, es posible que se le haya escapado alguna. Para eso están los correctores en las editoriales. Hasta con tres lecturas ojo avizor del gazapo a menudo alguna tilde se escapa de su jaula (difícil oficio también el de corrector).

Aun a costa de extender mucho este artículo, creo interesante transcribir el polémico texto de Gabriel García Marquez que, a pesar de los años transcurridos, mantiene su actualidad. El pleito abierto entre el genio creativo y el uso normativo de la lengua sigue vivo.

Botella al mar para el dios de las palabras

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García Marquez

A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: «¡Cuidado!» El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo ventiuno como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años.

Gabriel García Marquez

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