Enrique Vila-Matas y sus «bartlebys»

Allá donde confluyen los géneros literarios, allá donde acaba la literatura, por desgastada, por no tener ni una sola palabra más que decir que las que dijeron los clásicos, o los rusos, o Rimbaud. Allí germinan los Bartlebys, los escritores del No, los que dejan de escribir, ya sea el mediúmnico Rulfo, ya sea el mismísimo Wilde, otrora escritor decadente donde los hubiere, y al final de su vida convertido en un bartleby.

Bartleby es aquel que cuelga la pluma, no por fracaso, sino porque ya está todo dicho…

Enrique Vila-Matas
Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas es un prolífico escritor de híbridos, entre los que destaca Bartleby y Compañía, que recomiendo a todo lector.

Enrique Vila-Matas es un autor que temporalmente tiene que ver con los “novísimos” de Castellet y los demás “novísimos” que no antologó Castellet. Estos autores que (en su mayoría) se criaron más en el cine que en las bibliotecas.

Bartleby es un personaje de Melville que deja de escribir, y el personaje kafkiano que escribe el libro que nos ocupa le da por crear una lista de algunos escritores conocidos que en algún momento de sus vidas abandonaron la escritura temporal o definitivamente:

“Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa. Por lo demás, soy muy feliz. Hoy más que nunca porque empiezo –8 de julio de 1999– este diario que va a ser al mismo tiempo un cuaderno de notas a pie de página que comentarán un texto invisible y que espero que demuestren mi solvencia como rastreador de bartlebys.”

En la época de los novísimos se tiende a hacer una literatura metartística, metapoética, ya que el referente de la obra de arte ha cambiado: el cine nutre la literatura, el arte nutre la literatura, la literatura nutre la literatura; abundan los poemas metapoéticos, las poéticas en verso, etc.

Por otro lado vivimos un tiempo de relativismo, de descrédito, tras el “nada es real” de la Deconstrucción, tras las sucesivas crisis políticas, tras la creciente falta de fe en la religión…

Pero volvamos a los bartlebys con uno que murió de éxito, con uno que dejó de escribir porque ya no se podía escribir mejor, ¿han leído a Guy de Maupassant? Llegó a creerse un dios y por eso dejó de escribir, lo cuenta muy bien nuestro jorobado…

Otro que se mató desengañado de la literatura fue el barón de Teive que la creía un arte superior hasta que leyó de la pluma del gran Leopardi una gran memez que no pudo soportar:

“[…] Así que el barón se mató. Y a ello contribuyó, a modo casi de puntilla, el descubrimiento de que hasta Leopardi (que parecía el menos malo de los escritores que había leído) estaba imposibilitado para el arte superior. Es más, Leopardi era capaz de escribir frases como esta: “Soy tímido con las mujeres, luego Dios no existe”…”

El síndrome de bartleby supone la negación de la literatura, supone la futilidad de la literatura y del arte en general (una nadería del arte muy diferente a la del art pour l´art que proclamaran los parnasianos franceses y Gautier: el bartleby niega la superioridad del arte, lo sacro del arte). El síndrome de bartleby da la razón a los movimientos de Vanguardias que tratan de negar lo “divino” en el arte, sencillamente porque el hombre es limitado, porque el arte es limitado y tiende a repetir, una y otra vez los mismos conceptos, lo que tiende a producir cansancio y aburrimiento que no provoca escapatoria alguna, sino hastío creativo; el bartleby encuentra la libertad abandonando la creación y no en ella…

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