Confesión desafortunada, relato de Sergio Gadea

Esta historia puede ser contada desde varias perspectivas, pero a mí solo me importa una: la mía.

Hallábame en un club de jazz que recordaba a algunos de los que había frecuentado hacía mucho tiempo en la olvidada Nueva York, ciudad que me prohíbo describir, no porque la ofrezcan a diario medios televisivos y cinematográficos, sino por miedo al fraude literario excesivamente tautológico que supone llover sobre mojado…

Hallábame en un pequeño club de jazz, sentado solo, bajo una gorra holandesa comprada en un coffee shop de Ámsterdam hacía más de 20 años, cuando fui despertado de una ensoñación etílica provocada por una dosis inhabitual de whiskey americano…

–Perdone, señor: ¡cuánto tiempo!… Rrr, ¿Rick…? ¿Rickie…?

–No, caballero. Usted se equivoca, no sé quién es usted. (Hacía muchos años –en algún submundo– alguien me había llamado así…).

Tardé unos segundos en maquillar su calva y en despoblar las bien barbadas mejillas, de quien otrora fuera un melenudo y lampiño amigo de borracheras post-adolescentes: Miguel. Hablamos un buen rato: primero, de música, luego de negocios musicales, después de mujeres…

Yo había ido a ese pueblo para casarme con Marta, una pintora que prometía en el mercado del arte joven, recién salida del mundo académico de Bellas Artes y con el que pretendía romper, desde una pose del todo vanguardista y contemporánea.

La había conocido en una cena “supuestamente” intelectual a la que había sido invitado de una forma indirecta por un amigo de un amigo que quería departir conmigo de algún tipo de negocios. La cena trancurrió en un apartamento comprado recientemente por nuestro anfitrión en una zona del Véneto un poco retirada del bullicio turístico que provocaba la vieja ciudad que viera nacer a mi admirado Antonio Vivaldi.

Poco después fuimos a Madrid, un Madrid primaveral, en cuyo Jardín Botánico estallaban –entre otras flores– unos vivísimos tulipanes amarillos, que a Marta y a mí, lejos de absurdas supersticiones, nos produjeron una enorme alegría, que guio nuestros pasos, ya emparejados, hacia la Biblioteca Nacional. Allí, en unas de sus salas, nos deleitaron los ojos y el alma unos grabados de Durero.

Marta es una artista conceptual, que utiliza el ordenador y una gran impresora para plasmar sus coloridas y geométricas abstracciones sobre lienzo.

Hemos estado viviendo tres meses en una zona privilegiada cerca de Puerta de Hierro, donde su padre tenía una vivienda amplia y cómoda que había cedido de manera casi definitiva a Marta, pues él apenas sale del pueblo y es un “vejete” de casi 80 años.

Hemos pasado un tiempo rápido, fugaz, al revés del mundo fornicando cada mañana pasionalmente, con un poco más de dulzura que los perros; hablábamos, inventábamos juegos; ella me regalaba su cuerpo esplendente, picante su piel de 24 años, rosada y blanca. Yo me machacaba con las mancuernas para modelar los músculos que ella mordía y besaba en su tensión y dureza electrizada por su deseo.

Después de agotada la sicalipsis yo cocinaba entre las caricias dulces de mi hembra. Solía preparar un atún especiado, casi crudo, espolvoreado de pimienta negra molida y regado con el zumo de medio limón y una cortísima llovizna de sal.

Me contaba su vida y sus proyectos artísticos, parecía tan ingenua con sus ojos de brillo azulado y su media melena negra, su nariz puntiaguda y sus zeppelines contenidos por el raso y sus puntas con asimétrica querencia…

Yo, como sabes, he sido manager de grupos de rock y siempre he pasado apuros económicos, pero ese tiempo de Madrid había tenido más suerte de la esperada, pues había cambiado de bandas: había dejado el ambiente de las salas que programaban Rock, por negociar los escenarios –más tranquilos– de algunos garitos de Jazz.

Vivíamos como queríamos cuando la sombra fresca de la noche caía sobre la ciudad de neón y cualquier restaurante nos parecía de lujo, y nos invitaban a copas en Clamores, en Calle 54, en salas de fiesta donde bebíamos los más aromáticos cocktails

Nos besábamos en conciertos de Perico Sambeat, de Chick Corea, de Jerry González… y dormíamos para reponer fuerzas y hacíamos el amor a cualquier hora; pero a mí se me acabó la buena suerte y ella no conseguía exponer sus lienzos, y, acuciaba el estío y…, y nos vinimos al pueblo de Marta, donde yo me hospedo en un hostal, hasta que ella convenza a su viejo de 80 años, del que ella es hija única, de que vamos a casarnos… ¿comprendes?

–¿Qué váis a…? ¿después de tres meses?

–¿No lo has entendido? Solo es para sacarle la pasta al viejo mientras se va muriendo…

–Sí, sí entiendo, Hijo de Puta. Marta… Marta Tévez no sabe que estoy aquí, en el pueblo. Miguel, Miguel Tévez, primo hermano de Marta y el único sobrino vivo de Vicente Tévez, un entrañable anciano al que la loca de su hija está arruinando con sus continuos antojos de post-adolescente fumada, y, tú, Hijo de Puta, drogadicto de mierda, camello de labia fácil, ¡vete ahora mismo de aquí o TE ARRANCO LOS OJOS Y ME MEO EN LOS AGUJEROS!!!

Sergio Gadea

Deja un comentario

Los datos que proporciones serán tratados por Ediciones Letra de Palo, SL, como responsable de esta web, con la finalidad de moderar los comentarios. Estos datos no se cederán a terceros ajenos a Letradepalo, salvo obligación legal, y se mantendrán mientras no solicites su supresión. Puedes ejercer tus derechos de acceso, rectificación, limitación y supresión enviando un correo electrónico a info@letradepalo.es.