La trama que no tendría que ser

Todo escritor se enfrenta con una decisión principal cuando va a empezar a escribir una novela. Su criatura, que hasta ese momento solo existe en su mente, necesita una trama. Vaya, ocurre que todo bloguero cuando va a redactar un post también necesita una trama. El texto que sigue muestra un esbozo de las sugerencias sobre cómo armar los principios y escenarios iniciales de una trama, y lo que es más importante, cómo no hacerlo, del libro Cómo no escribir una novela, de Howard Mittelmark y Sandra Newman.

Antes de entrar a saco con lo que dicen Mittelmark y Newman sobre esta cuestión, explicar que los manuales clásicos desmenuzan la trama de una novela en los consabidos “planteamiento, nudo y desenlace”, y que para la mayoría de nosotros es fácilmente confundible la trama con el argumento. Para no liarnos, basta con seguir el ejemplo que da el escritor inglés E. M. Forster acerca de la diferencia entre trama y argumento: “el rey murió, y luego murió la reina”, es un argumento; en cambio, “el rey murió, y luego la reina murió de pena”, es una trama. Es decir, si a un argumento (hilo cronológico de una historia), le añadimos la causalidad (motivaciones, causas y consecuencias), tenemos una trama.

Mittelmark y Newman en su libro Cómo no escribir una novela dicen que la trama es “algo más que un montón de cosas que pasan”, que el principal trabajo de un escritor es hacer que el lector siga leyendo, más allá de la primera página. En las tramas “de manual” es típico encontrar a un personaje que se enfrenta a un conflicto, todo lo complicado que podáis imaginar, que al final resuelve (para bien o para mal, digo yo, que ya está bien de tantos finales felices, cuando la realidad es tan terca en apretarnos las tuercas). Para estos autores, las novelas que presentan muchos personajes sin protagonista claro, que interactúan entre ellos en actos triviales y cotidianos (encuentros en la peluquería o compartiendo un estofado), que se enzarzan en largos monólogos intimistas mientras miran por la ventana, o en largas descripciones de bares, cafeterías, lugares de trabajo por donde los personajes pasan o toman café y hablan del tiempo, son tramas de novelas que nunca son publicadas. ¿Dónde está la emoción, dónde el conflicto, dónde la acción? Si no está en ninguna parte, ahí es donde se va a quedar el manuscrito, en ningún lugar (bueno, en el escritorio de este autor que seguramente se lamenta de su mala suerte).

como-no-escribir-una-novela-portadaLo más importante para un autor es tener claro qué se quiere contar y quitar todo lo demás, así de tajantes resuelven este peliagudo problema de la trama Mittelmark y Newman. “No escribas cientos de páginas sin saber qué historia quieres contar, no escribas cientos de páginas explicando por qué quieres contar esa historia que luego nos vas a contar, por qué los personajes viven como viven cuando arranca la historia, o qué hechos del pasado han convertido a esos personajes en las personas que aparecen en la novela. Escribe cientos de páginas contando la historia”.

Entrando en detalles, ¿qué principios y escenarios iniciales hay que evitar según estos autores para que tu novela no acabe como papel para reciclar?

Evita el síndrome del calcetín perdido (cuando es demasiado endeble). Si en las primeras páginas cuentas el problema que vive tu protagonista porque ha perdido un calcetín, el que tiene un problema con su novela eres tú. “La historia central de una novela debe ser lo suficientemente importante como para cambiarle la vida a cualquiera. Además, debe tener interés para mucha gente, no solo para ti”.

Evita “la sala de espera” (cuando la historia no empieza nunca). Si el protagonista va en un tren y se pone a hablar con un viajero que le cuenta la vida de su suegra, y cincuenta páginas después todavía va por la comunión de su sobrina, que acabó casándose con el mejor pescadero del pueblo, mal va la cosa. Para M. y N. el lector espera que la principal línea argumental sea lo que le pasa al protagonista, y en este caso sería que va sentado en un tren, mirando por la ventanilla y soportando al pesado de su vecino de asiento durante 50 páginas. Terrible, ¿no? M. y N. aconsejan que analices tu novela y veas cuándo le pasa algo importante a tu protagonista: borra todo lo anterior.

Evita “un despegue demasiado largo” (cuando nos cuentan la infancia de un personaje sin motivo ni razón). El autor tiene que saberlo todo de sus personajes, pero no contarlo todo, solo lo que sirva al interés de la historia que quiere contar.

Evita “la sesión de fotos de las vacaciones” (cuando en vez de una historia nos cuentan un paisaje). Con lo viajados que estamos y las posibilidades de internet para conocer sitios desde el sillón de casa, si solo nos limitamos a describir con todo lujo de detalles paisajes exóticos, para N. y M. estamos ante “una sala de espera con mucho follaje”.

Evita el síndrome “no encuentro palabras” (cuando el autor no logra comunicar). A veces el aprendiz de escritor quiere describir un escenario que él conoce y le gustó o emocionó sobremanera, pero si utiliza adjetivos como “alucinante” o “increíble” no le estará transmitiendo nada al lector.

Evita “el chicle en la repisa” (cuando se despista al lector sin querer). Si en las primeras páginas mencionas un detalle que luego no va a tener importancia en la historia, ¡cuidado! el lector tenderá a creer que sí la tiene. Las novelas son un mundo inventado y los lectores pensamos que todo lo que aparece en ellas tiene un propósito deliberado por el autor para cautivarnos en su lectura. Si los peligros del chicle en la repisa no son explicados cuando el lector llega al final de la novela se sentirá defraudado.

Evita el “bah, olvídate de él” (cuando los problemas de un personaje se quedan sin explicar). Es un poco variante del anterior. Aludes a una situación dramática de un personaje secundario, pero luego nunca lo explicas ni entras en detalles. Vale que la trama se tiene que centrar en el protagonista, pero si en la novela avisas que algo es importante, los lectores querrán saber qué pasó al final con eso.

Por último, según M. y N. evita “el abrazo fatal” (un objeto de amor inesperado). Dicen M. y N. que si la trama de tu novela no es el incesto, no digas o insinúes que dos hermanos se gustan mucho. Si no va a haber lío sexual en tu novela, no exageres sobre las cualidades “sexis” de tus personajes. Si no trata de pederastas, que nadie, salvo padres o madres “acune en su regazo a los niños”. Si no va sobre la homosexualidad, no pongas a dos amigos a dormir juntos después de una borrachera. ¡Coño! (o tendría que decir “caramba”), iban muy bien M. y N., pero me da la impresión de que en este último apartado se les ha escapado un ramalazo puritano, ¿o tendría que decir lingüísticamente correcto?

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