Gracias, Agatha

La primera novela detectivesca que leí en mi vida fue Asesinato en el Orient Exprés (1934), escrita, sí, por Agatha Christie. Era un viejo y manoseado volumen de papel barato editado por Molino, yo tenía unos doce años o así y el libro me lo había dejado un vecino algo mayor que yo conocedor de mi afición por la lectura. Quedé deslumbrado, boquiabierto ante ese detective belga con cabeza de huevo y bigote engominado que respondía al nombre de Hercules Poirot, admirado ante la dificultad de desentrañar el misterio de ese crimen cometido en un tren que recorría la lejana Europa de entreguerras y definitivamente rendido ante lo que me pareció una brillantísima resolución del enigma. Ya sé que a nadie le importa, pero Asesinato en el Orient Exprésfue una epifanía para mí, el comienzo de un amor, sí, amor, para qué vamos a engañarnos, por la narrativa criminal que ha perdurado hasta hoy y que morirá conmigo. Y todo gracias a Agatha Christie.

Por supuesto, y a lo largo de muchos años, leí todo lo de Agatha Christie que cayó en mis manos a la vez que conocía a otros autores y descubría, nuevo deslumbramiento, la novela negra americana. Cierto es que hubo una larga época, la juventud es iconoclasta y desagradecida, en la que abominé de mi dama del crimen favorita, cansado de refinados asesinatos en grandes mansiones, de detectives belgas que parecían la caricatura de un francés de tebeo y de ancianitas chismosas perdidas en la campiña inglesa. Además, detestaba otros personajes de la novelista, chicas periodistas peripuestas y virginales que, en compañía de osados y valientes jóvenes bien criados, resolvían misterios tirando a insulsos en medio de peripecias y persecuciones absolutamente inverosímiles y sin echar un triste polvo por en medio. Menos mal que la Christie no insistió mucho en este campo. Por lo demás, qué injusto fui.

En fin, el tiempo me ha enseñado a apreciar la envidiable capacidad de Agatha Christie para tejer misterios inquietantes, crear personajes ciertamente complejos y mostrar los muchos matices de la maldad humana hasta un punto ciertamente mosqueante. Todo esto se puede apreciar muy bien en la última novela protagonizada por Hercules PoirotTelón (1975), donde un Poirot viejo y cansado, acompañado por su fiel Hastings, el acompañante de detective más tonto que ha dado el género, resuelve unos crímenes que no lo parecen y hace de juez y verdugo y no cuento más. El resultado es puro desasosiego para el lector.

Y si el personaje de Hercules Poirot resulta caricaturesco y relamido, sí causa cierta turbación otro detective, mejor dicho, otra detective salida de la retorcida mente de Agatha Christie. Se trata de Miss Marple, una dulce ancianita que vive en la campiña inglesa y con unas dotes de observación, tal vez fruto de una irreductible vocación por el chismorreo, que la hacen temible tanto para el criminal más próximo como para el granjero de la vecindad que, a espaldas de su señora, se tira a la maestra del pueblo. Nada se le escapa a la vieja, a quien nadie con dos dedos de frente querría tener de vecina. Sería como llevar una webcam en la frente y otra pegada en el culo. Sí, Miss Marple es chismosa, irritante, inteligente, astuta, ambigua, temible y peligrosa, cualidades todas ellas ocultas bajo la suave dulzura de una pulcra ancianita educada y solterona. Si eres un criminal y vives cerca de Miss Marple, sal corriendo que te pilla. Si estimas en algo tu intimidad, sal corriendo también.

Si se pone uno a pensar y no le estallan las meninges, descubre que lo inquietante y turbador de la obra de Agatha Cristhie no es tal vez esa capacidad para darle vueltas a la maldad humana entre sangrientos enigmas, que también, sino ella misma. Me explico. La gran dama del crimen gustaba mucho de venir a España, a la Costa del Sol, la Costa Brava, Mallorca y por ahí. Alguna novela suya transcurre en un sitio que bien puede ser una isla española. En pleno cutrefranquismo, la llegada de tan ilustre visitante era aprovechada por la amordazada prensa de entonces para darse un cierto lustre cosmopolita con alguna entrevista a la gran Agatha y fueron bastantes las entrevistas que concedió. Todavía recuerdo una de ellas, ilustrada con la imagen de una señora muy mayor, una guiri más de las que venían a disfrutar del Spain is diferent de Fraga Iribarne. Y esa señora tan inglesa, tan civilizada, tan limpia, tan cursi y tan guiri era la que decía en la entrevista que era una firme partidaria de la pena de muerte y que la muerte con muerte se paga. Más o menos así, pero con una frialdad que salía del texto y llegaba al espinazo de ese lector que era yo, una frialdad despiadada que todavía evoco y que, no sé por qué, o sí, me recuerda a Margaret Tatcher, otra dulce dama inglesa con el alma de hielo.

Al menos, siempre me quedará Asesinato en el Orient Exprés.

Gracias, Agatha.

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