El Simenon manchego – García Pavón

Todo aficionado al género policial conoce al belga Georges Simenon y a su comisario Maigret y cualquier aficionado a la literatura sin adjetivos es capaz de degustar los relatos y novelas de un escritor que va más allá de los lindes que marca el género. Algún día hablaremos largo y tendido del gran Simenon.

Hoy toca hablar de alguien que me recuerda mucho a Simenon y que es también un gran cultivador del género policial y un gran escritor sin más. Se trata del manchego Francisco García Pavón (1919-1989). García Pavón es creador de un detective, Manuel González Plinio, que es el jefe de la Policía Municipal de Tomelloso. Plinio, en compañía de su Watson particular, don Lotario, el veterinario del pueblo, siempre dispuesto con su Seat 600, resuelve todo tipo de casos en la España desarrollista de los 60 y, al igual que Simenon, es capaz de sumergir al lector en atmósferas y ambientes casi táctiles, tal es su maestría. Plinio se mueve en una sociedad que está dejando de ser rural, más en color que en blanco y negro como las televisiones que se multiplican en bares y casas, ya más de nevera que de fresquera, más de cerveza con gambas que de vino con cacahuetes, pero no del todo. Y no se habla de la dictadura franquista, vigente y pujante, pero está ahí, como cuando Plinio, creo que en El reinado de Witiza (1967), no oculta su desprecio ante la aparición de dos policías de la siniestra Brigada Político-Social venidos de la capital. Con Plinio, el lector disfruta de la fresca penumbra de una bodega mientras degusta un vino blanco joven y unas berenjenas de Almagro, come unas migas manchegas y unas uvas al amanecer de un día de septiembre antes de doblar el lomo en una interminable jornada de vendimia, recibe el aire caliente en la cara a través de la ventanilla abierta del 600 de don Lotario, degusta una perdiz escabechada en una venta de carretera a cubierto del sol manchego que cae sobre el mundo como plomo derretido, respira la todavía cercana y viva Guerra Civil y su estela de miedo, silencio y cuentas pendientes, huele los ajos que fríen en una cocina al igual que Simenon, como decía con desprecio Jean Giono, “huele a col hervida”.

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Libros de García Pavón

Y es que tanto Simenon como García Pavón comparten la virtud de que sus personajes y sus lectores vivan, toquen y huelan lo mismo, y esa es mucha virtud, para qué vamos a engañarnos. García Pavón ha sido tachado de “costumbrista” como si ser costumbrista y escritor de relatos policíacos fuera incompatible o estuviera prohibido. Lo que debería estar prohibido, es broma, soy fiel seguidor de esa consigna sesentayochista de prohibido prohibir, es la ceguera ante esa maravillosa capacidad que tienen Simenon y García Pavón para hacernos sentir lo que cuentan. El olor a col y el costumbrismo, tanto en el belga como en el manchego, son virtudes añadidas a una obra literaria sobresaliente.

Para los curiosos, aquí van algunos títulos de García Pavón que me gustan mucho: El reinado de Witiza (1967), Historias de Plinio (1968), El rapto de las sabinas (1968), Las hermanas Coloradas (1969) y Nuevas historias de Plinio (1970). Son títulos que merecen ser leídos tanto por los aficionados al género policíaco como por los que presumen de saber degustar la buena literatura.

Si hay que sumar una injusticia, no sé si grande a pequeña, a la legión de grandes y pequeñas injusticias que asolan el mundo, es la del casi olvido en que está sumergido Francisco García Pavón mientras tantos ganapanes juntaletras triscan en prados literarios donde el dinero es un valor y la literatura un adorno prescindible.  Ante esto, el manchego García Pavón nos recuerda que se puede ser un muy buen escritor sin tener pretensión alguna más allá del buen gusto por contar bien una buena historia. Solo por eso, nada más y manda menos que por eso, tiene mi agradecimiento.

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